Diario El Estanquillo.
19 de julio de 2025
Roberto Ruiz, expone en el Museo del Estanquillo
Por la Redacción
El reconocido escultor de la miniatura tallada en hueso, Roberto Ruiz, nos visitó en la redacción de este diario a propósito de su nueva exposición y nos regaló la siguiente entrevista donde da a conocer lo que piensa, sus motivos y los avatares que lo llevaron a ser reconocido como uno de los más grandes miniaturistas del mundo.
Oriundo de Miahuatlán, Oaxaca, donde nació en 1928, de joven se mudó a la Ciudad de México para terminar estableciéndose en ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México. Luego de toda una notable trayectoria de trabajo, en 1988 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Artes y Tradiciones Populares, entre varios otros premios y reconocimientos otorgados por diversas instituciones nacionales y extranjeras a lo largo de su carrera.
La entrevista pone en detalle la talla de este coloso de la miniatura que esta Redacción asegura disfrutarán tanto como sus obras.
P: Usted no tuvo una educación artística formal, se hizo así mismo, ¿cómo es que llegó a ser escultor de miniaturas?
Ruiz: Todos los oficios que aprendí me han servido. El escultor que no sabe de muchos oficios no es un buen escultor. Si te piden, por ejemplo, una figura que lleve un pantalón muy detallado, ¿cómo vas a hacerlo si no sabes nada de corte y confección? Yo trabajé como sastre, huarachero, albañil, panadero, campesino. Con la habilidad que fui adquiriendo en el manejo de la madera suave, el barro y las figuras del pan, empecé a acumular nacimientos en miniatura, tallados en pochote, y los empecé a vender. Muy discretamente comencé a trabajar el hueso.
P: Pero el hueso es duro de roer, ¿no?, ¿por qué lo eligió?
Ruiz: El fémur es un hueso de mucha personalidad. No importa si es de vaca o de toro; por lo regular utilizo el hueso de animal adulto para hacer una figura bien trabajada, los cuales consigo en las carnicerías de los mercados. Cuando hago esa búsqueda soy como un cazador que va en busca de su presa. Hay huesos blandos, rebeldes, caprichosos, triangulares, redondos, cuadrados y, cuando lo encuentro, imagino de inmediato lo que va a salir de él. El hueso es difícil trabajarlo, pareciera de vidrio, se astilla, pero cuando ya se tiene la habilidad de años de práctica se trabaja con facilidad. Es un material muy noble.
P: Todas las obras reunidas en esta exposición forman parte de la colección que con mucha pasión fue adquiriendo Carlos Monsiváis a lo largo de varias décadas de amistad con usted, y constituyen una de las colecciones más notables de su obra. ¿Cómo fue su encuentro con Monsiváis?
Ruiz: En alguna revista leí que le dicen “el detective de la miniatura”. Yo creo que por eso me encontró. Él dice con mucha seguridad que nos conocemos desde 1975 y debe ser cierto. Desde el primer día me compró cuanta pieza le llevé, todo me lo recibe: “Quiero que de hoy en adelante no deje de traerme. Tengo la intención de juntar una buena colección”. Dice que a su debido tiempo la va a donar a un museo.
P: Hablando de museos, usted ha expuesto en muchos recintos de prestigio nacional e internacional. Cuenta usted que la reina Isabel II del Reino Unido se enamoró de su trabajo y que tiene varias piezas suyas resguardadas en la bóveda real como joyas de la Corona. El Museo Británico le compró 18 obras que la reina eligió para exhibirlas en la sala permanente “Roberto Ruiz”. ¿Dónde más ha expuesto?
Ruiz: Mi primer viaje al extranjero fue a Los Ángeles, en 1982. Se montó una exposición en la Plaza de la Raza, que es como un pedacito de México. Les gustó tanto mi trabajo que rápidamente me organizaron una gira por San José, Santa Mónica y San Francisco. Luego fui a Inglaterra por primera vez con ocho artesanos. Estuvimos siete semanas en el Museo del Hombre, anexo al Museo Británico. Fue una curiosidad tan grande de los ingleses por nuestro trabajo que prácticamente los teníamos encima. Ocho años después regresé al mismo lugar; ahora solo fuimos Tiburcio Sotelo, de Metepec, y yo. Hicimos dos talleres: el suyo, de alfarería, y el mío, de hueso. Estuvimos seis semanas con mucho público. En esa ocasión, Tiburcio hizo un árbol de la vida muy interesante, tenía 1.20 metros de alto. Yo hice un árbol de la muerte, de 5 centímetros.
En París también he estado dos veces. La primera vez participé en una exposición colectiva en Vittel. Allá estuve mes y medio. La segunda, en 1988, fui invitado por las autoridades de un museo de allá; estuve un mes.
P: En México, la Presidencia de la República lo galardonó con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1988, ¿qué significa para usted?
Ruiz: Ese papel (el Diploma del premio) significa la fortuna más grande de toda mi vida. Se trata del galardón más elevado que un artesano puede recibir.
P: En su obra son varios los temas recurrentes, pero el que sobresale es la representación prodigiosa de la muerte en forma de infinidad de esqueletos y calaveras, una influencia de José Guadalupe Posada, a quien usted consideras su mentor indirecto. ¿Por qué esa obsesión por las calaveras? En particular por la Catrina.
Ruiz: La Catrina me gusta poque nadie puede resistirse a su encanto. No me canso de cortejarla. Para mí es el ser amado. Me considero su novio. Es todo para mí. En muchas Catrinas estoy a su lado, a manera de calavera, ofreciéndole flores. O debajo de su asiento, escondido, esperando a serle útil en cualquier cosa. Siempre le estoy haciendo la barba a la calaca Catrina. Creo que me falta muchísimo para conseguir su afecto. ¿Saben cuándo la voy a convencer? Cuando esté en mi cajón con cuatro cirios. Entonces sí ya la habré convencido.
(Entrevista ficticia, realizada con citas textuales del maestro Ruiz tomadas de Roberto Ruiz, maravilla del mundo, publicado por el Ayuntamiento de Nezahualcóyotl, y editado por Editorial Colibrí en el año 2000. Roberto Ruiz falleció el 16 de junio de 2008.)
Las obras que conforman esta exposición provienen de la colección que Carlos Monsiváis reunió durante más de cuarenta años y están organizadas por décadas, lo que permite hacer un recorrido temporal por la obra del artista y descubrir su periplo a través del tiempo.
Existen múltiples anécdotas en torno a la amistad que entablaron Roberto Ruiz y Carlos Monsiváis, y en todas ellas destaca la admiración que profesó el escritor respecto al trabajo del escultor, a quien llamó “Gigante de la miniatura”.
En la actualidad, la tradición iniciada por el maestro Ruiz continúa a través de la producción de sus hijos, José Manuel y Abraham, artistas que aprendieron desde su infancia mirando y asistiendo a su padre, antes de realizar sus propias obras, algunas de las cuales se exhiben en esta muestra.
Las esculturas reunidas con pasión por Carlos Monsiváis constituyen una de las colecciones más notables de la obra de Roberto Ruiz en México.