LA BATALLA DE LAS IMÁGENES Y LOS SÍMBOLOS
Enrique Guzmán Villagómez nace en Guadalajara, Jalisco, el 20 de septiembre de 1952. De allí se desplaza a Aguascalientes, la ciudad del origen de la familia. Estudia teatro en la Casa de la Cultura y, más bien, se inicia en la escenografía, lo que muy pronto lo lleva al Centro de Artes Visuales de la misma Casa. En 1969 se instala en la Ciudad de México, donde es alumno irregular de la Escuela Nacional de Pintura y Escultura, La Esmeralda. Lo usual en los artistas jóvenes: Guzmán participa en exposiciones colectivas, vende poquísimo y lleva una “vida bohemia” (se inicia en el consumo de drogas, manifiesta su homosexualidad). Comienzan los reconocimientos: premios en 1972 y 1973, exposiciones en la Galería Pintura Joven que dirige Francisco de Hoyos (1973 y 1974). La obra se difunde y en noviembre de 1976 la Galería Arvil, de Armando Colina y Víctor Acuña, inaugura su nuevo local con una exposición de Guzmán (recuerdo esa noche: encuentro a Enrique en la calle Hamburgo a dos cuadras de la Galería Arvil, y supongo que entraremos juntos a su vernissage. Inútil: su emoción es muy profunda y se niega, alega incapacidad de ver su trabajo reunido, caminamos un rato, su nerviosismo se acentúa, y sólo arribamos a la exposición cuando se han ido casi todos. No sé bien qué es lo contrario de protagónico, pero ese término se le aplicaría, a menos que exista el protagonismo de la reticencia y la huida). En 1977 y 1978 se eligen algunos de sus cuadros para una muestra en el Museo de Arte de Colombia y para la Cuarta Trienal de Nueva Delhi.
En 1979, ya distanciado de su fe candorosa en el psicoanálisis y de su entrega devocional a la pintura (es curioso: alguien tan alejado de los convencionalismos del arte, creyó en su sacrosantidad), Guzmán abandona la Ciudad de México y da clases de dibujo en la Casa de la Cultura de San Luis Potosí. Expone en Arvil, pero a su trabajo ya lo afecta la ausencia de visiones o profecías o desvanecimientos de la lógica pictórica al uso. A momentos es muy previsible, y, con tal de no plagiarse, se aventura en caminos cerrados. En 1980 regresa a Aguascalientes a la casa familiar, y allí se instala en definitiva en 1983. El final ocurre el 8 de mayo de 1988 cuando se ahorca en su cuarto. El diagnóstico inevitable: perturbación mental. Y el fenómeno se produce: la obra crece y supera en definitiva a la leyenda.
Carlos Monsiváis